miércoles, 31 de diciembre de 2014

SOLEDAD, TANGO Y MADAME IVONNE… (COLABORACIÓN)

por Iris Ivonne Gardelliano
En el año 1989, en el atardecer de mi vida,  para culminar mi carrera de Psicología Social, elegí escribir sobre “La soledad” para la obligada tesina final.
El tema me abarcaba en ese preciso momento. Escribir sobre la soledad, tal vez resultara reparatorio, pero no tenía muy claro como lo encararía.
Un día, mientras daba vueltas dentro de mi hogar acompañada por la  música de tango que emitía una radio, me percato que
Goyeneche cantaba uno en el que se exaltaba la soledad. En ese instante, sin dudar, decidí enfocar el tema de la soledad desde el tango, y su  origen en el momento en que la inmigración define a la sociedad de entonces.
Después de leer lo mucho ya escrito sobre el tango, incursionar en hemerotecas para impregnarme de las noticias de diarios de la época en donde aparecían en una sucesión cotidiana conventillos , bulines, cabarets, prostitución, crímenes pasionales, en fin  el desfile de la sociedad de aquellos momentos, concluí y expuse en mi ensayo que  el sentimiento de soledad en el tango deviene, entre otras cosas, por la que aportaron aquellos inmigrantes de fines del siglo pasado y
Los inmigrantes obra de Rodolfo Campodonico
principios del XX, que vinieron solos desde sus lejanas tierras, anticipándose a la llegada de sus familias. Aquí, en Buenos Aires, unirían sus soledades a la soledad que aportaba nuestra inmigración interna: la del gaucho que escapaba  de la pampa desierta para afincarse en las orillas de la ciudad  ya sea porque  se “había disgraciao” con una muerte inoportuna o  por desertar de algún piquete del ejército. Este hombre, quizás estaba más desgajado que el mismísimo inmigrante europeo.
De la conjunción de esas dos distintas soledades, vivenciadas alrededor de los fogones orilleros y amenizadas por la diversidad de canciones y canzonetas y el candomblé de los últimos negros que poblaban Buenos Aires, nacería el tango. Por un lado las guitarras o vigüelas, por el otro, las mandolinas y acordeones y, finalmente, el resonar de los tamboriles. Todo estaba perfectamente  dado y nada era casual.
De vivir mi padre, no me hubiera perdonado que mi tema de tesis
estuviera basado en la “soledad vista desde el tango”. El lo odiaba visceralmente. Nos peleábamos mucho por eso: la cosa era música italiana versus el tango aunque íntimamente yo amaba también la música italiana.
Me  di cuenta  mientras elaboraba el escrito que  mi padre era contradictorio,  sin embargo él nunca se dio cuenta de su ambigüedad.
Usaba mucho el lunfardo en su hablar cotidiano y lo disfrutaba.
Cuando volvía a casa de su trabajo, le decía a mi madre: “Vieja, tengo un ragú!” o “Está el morfi?”. También le decía: “Ché, Negra, haceme unos mates”…
También usaba las palabras cafishio, bailongo, burdel, franchuta,  gavión,  y, cuando nos pedía su sombrero decía: “Alcanzame el funyi”. Yo lo recuerdo usando el sombrero de fieltro en invierno y
el de paja en verano, a lo Maurice Chevalier.
Este vocabulario que yo escuchaba tan naturalmente  cuando era niña  no me sorprendía. Recién cuando comencé a investigar para mi tesis me di cuenta de que esas palabras eran resabios de sus tantas noches vividas  en su juventud con parroquianos en pensiones, fondas, boliches y bulines, teniendo en cuenta que él llegó a la Argentina cuando tenía  veintidós años  desde su Friuli tan amado y jamás olvidado.
Se casó con mi madre recién a los treinta y tres años. Es decir, once años  después de su llegada, durante los cuales debió integrarse,
imagino, con los hombres y mujeres de la noche que se expresaban de esa manera. Lo único que no perdió, como dice mi amigo Eusebi, fue el acento italiano.
Cuando nací no pude escapar de los designios del nombre que me impusieron ni de las fatalidades que mi padre me legara inconscientemente: Francia, amante, Ivonne, inmigrante, bulines, soledad, tango…
Antes de llegar aquí, mi padre había vivido en Francia. Allá se enamoró, al decir de mi madre “de una tal Ivonne”. Le habrá dado fuerte el amor por aquella mujer y más aun, el dolor de haberla dejado para venir “a hacer la América”. Lo cierto es que, previo permiso de mi madre, consintieron en ponerme como segundo nombre “Ivonne”. “Total – me diría mi madre muchos años después – era yo quien, al final, estaba con tu padre…”.
Admiré la anchura del corazón de mi madre, sus amplios sentimientos, su tierno pero firme razonamiento: “el aquí y ahora de tu padre, soy yo” quiso decirme, sin saber  ella que ya estaba aplicando una dosis de pura psicología gestáltica…
Siendo yo muy joven, viví en un lejano pueblo de la Patagonia donde conocí y me enamoré de un muchacho del lugar. Su camino y el mío se bifurcarían indefectiblemente. Nunca imaginé que él, muchos años después, le pondría mi nombre a su hija menor, pero esta vez entero: Iris Ivonne, también con el  beneplácito de su buena esposa y como recuerdo a aquella nuestra firme amistad.
¿Qué trae consigo este nombre que siempre acaba siendo el nombre de la “otra”? Por lo menos en mi historia, Ivonne es un nombre con reminiscencias de amores imposibles igual que en el tango.
Mi padre, aun habiendo sido anti tanguero, sin embargo me hizo entrar en las vicisitudes de esta música resentida y nostálgica, muy a su pesar… Y él mismo, sin saberlo y sin quererlo, fue uno de sus típicos personajes, porque en su juventud, sin ninguna duda, formó parte  de aquellos lugares en donde se bailaba el tango. Más aun, no pudo escapar a la curiosidad de ir a ver cantar a Carlos Gardel cuando lo hizo en el Teatro Colón de Quilmes, ya desaparecido. “Tenía la boca pintada como la de una mujer y se empolvaba la cara!”, solía contar, aludiendo al resalte que hacía Gardel de sus labios cuando estaba en un escenario o posaba para fotos de la época.
Mi padre salió de ese entorno de arrabales, bulines y fondas, sin embargo, lo dejarían marcado muy íntimamente y, tal vez, porque le traían recuerdos de aquella vida de hombre solo, mal vivida desde los afectos, que odiaba tanto al tango.
No lo sé ni lo sabré ya nunca. Pero, sin imaginarlo él  siquiera, me “escrachó” con este nombre y su apellido que me identifican tanto con el tango.
Iris I. Gardelliano (a la derecha) junto con la Prof. Bibi Colubret y el Dr Eusebi (fallecido en 2016), durante la Feria del Libro en homenaje a Julio Cortazar que se realizó en la Sociedad Italiana en 1994
GLOSARIO
Bailongo: reunión bailable improvisada.
Bulín: habitación. Por extensión, habitación de soltero.
Burdel: prostíbulo.
Cafishio: pretendidamente elegante, engreído.
Escrachar: poner un nombre. Designar. Evidenciar. Fotografía (p.e. está escrachado).
Franchuta: conjunción de francesa y prostituta.
Funyi o funye: sombrero.
Gavión: muchacho que se interesa por una dama (“le arrastra el ala”.
Mina: en general, mujer. Querida. Mujer que se une ilícitamente a un hombre.
Morfi o morfe: comida.
Ragú: hambre.

Iris Ivonne Gardelliano.
2013.
Compaginación Chalo Agnelli

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